miércoles, noviembre 02, 2016

requiem 27-10-2016


La noche se hace densa mientras la telaraña zigzaguea en el vaivén del viento. Todos podemos verla; es compleja, frágil y simétrica. Desde mi posición la observo con nitidez; casi me atrevo a afirmar que brilla cuando los refusilos de la luna chocan contra la ventana. (Llegar a verla es un tema bastante simple, pero jamás, salvo por algún extraño misterio, vamos a comprender su vasta complejidad.) Dentro, inamovible, una pequeña y regordeta araña negra, teje y espera. Sus movimientos son cadenciosos, acompasados, dotados de una magnífica velocidad que le da tiempo a descubrir todos los detalles de la escena. Ella, al igual que toda su raza, es la única que puede recordar los imperceptibles movimientos del universo. Esa es su función: escribas del guion universal. El aleteo de las moscas, el rostro de una mujer anciana mientras orina y observa por el ventiluz del baño, el rumor que emiten las hojas cuando caen durante el otoño, los versos secretos que esconden las palomas tras las cornisas llenas de hollín. Todo es objeto obligatorio para su registro continuo. De día, de noche, circulan, giran, emiten un canto que sólo los árboles consiguen retener sobre la biografía de las estrellas. A lo largo de mil eones conversaron con las estatuas de las plazas y los cuerpos arropados dentro de los cementerios. No pasa un solo segundo sin que aparezca una anécdota que ellas atesoren en su infinito telar. Todos son necesarios e importantes; la cadena causal de la divinidad en su requiem de la posteridad. Escucho la melodía que sueñan, y ellas agradecen el respiro que les doy al comentarles la historia de la perdición de Adán y su consorte. Sonríen. Saben que algunos recuerdos no son tal cual se los narra, pero sin embargo, siempre gozan de una buena historia. Siempre. Otra historia, entre muchas miles que jamás podremos borronear a lo largo de los incontables volúmenes que existen en todas las bibliotecas del mundo. Silencio.
Luna ciega, redonda y oscura, fluye rotando sin forma en la noche de un cosmos desnudo y ausente de emociones. A la distancia, incalculable tal vez, estalla una guerra entre niños de distintas religiones, al tiempo que los semáforos gruñen mitigando la necesidad de la traslación planetaria. Lo eterno se mezcla con lo profundo, y lo infinito se hace carne en algún idioma. ¿Los ven? Sin mucho esfuerzo reconozco a dos personas mayores. Un hombre y una mujer. Ambos acarician la octava década zozobrando sobre un mar de descuidos y olvidos a veces voluntarios. Ella cierra las puertas de un negocio cuya virtud es regalarle la noción de seguir con vida. Él la observa en la consumación de su cuerpo cansado y descompuesto. Se toma un tiempo de más para resumir sus contornos y la descubre como una versión desquiciada de aquellas formas que apenas logra rememorar. Entre sus dedos, la llave gira nerviosa; detrás algunos caminantes transitan la avenida donde se encuentra el local. Los menos saludan al pasar, el resto camina indiferente en dirección de la nada o el todo; y aunque parezca increíble por alguna razón, cada cual carece de facciones que ellos consigan delinear. Él vuelve su rostro cuarteado dibujando una sonrisa. Es tarde, demasiado para el uso horario al que se encuentra acostumbrado. Ella termina su labor uniendo los extremos del candado. Una y otra vez el temblor de sus manos pequeñas le genera una sensación de inseguridad, la cual atrofia repitiendo para sí todos los pasos que sabe son los correctos a la hora de bajar la persiana. Tiembla, la oscuridad y las bajas temperaturas de un invierno que no termina de ausentarse hacen lo propio. Termina la faena recitando una oración antigua de la que nunca supo comprender del todo su significado. Para ella enhebrar las palabras encarna un mecanismo más de protección; para él implica otro segundo más desperdiciado en la frecuencia de la noche. El problema no radica en definir la existencia de Dios, sino en determinar si es justa o no la dependencia. Siempre lo discutieron, sin llegar jamás a algún lugar más lejano que el orgasmo. No hay tiempo para decir cosas importantes. Un tenue: Vamos, alcanza. Ella aprieta el abrigo que lleva sobre los hombros y camina despacio; las rodillas y el frío no ayudan en lo más mínimo. Suben al automóvil; un sedan cuyo modelo es viejo, pero con un mantenimiento que le insufla una apariencia impecable. Dos van delante, una conocida se suma sentándose detrás. Arranca, pone primera y acelera. Toman el camino conocido, aquel que no hay forma posible de olvidar. Las ruedas del vehículo giran veloces contra la temperatura gélida del pavimento. Entre los tres hablan sobre algo innecesario, pero urgente. Dios ampara a los trabajadores, desprecia a los ociosos y parece tentado de proteger a los políticos; el problema radica en la inflación; las nuevas generaciones que poco conocen a la hora de predecir los movimientos económicos del capitalismo. Llegan al primer semáforo y se detienen. A ambos lados, otros automóviles obran en idéntico sentido. Todos mantienen la regularidad de la costumbre; sin azar, sin fisuras, sin extrañezas. El orden de la aceleración de los cuerpos en la cadencia natural de la vida comunitaria. Ella dice algo que Él deduce muy limitadamente. Piensa en otro tiempo, en otra virilidad, en otra forma de concebir las imágenes que anidan en su cerebro.
Ve, o recuerda, una playa, limpia, antigua. Ambos caminaban detrás de las olas. La arena afloraba caliente y el sol abrasador les curtía la piel. Detrás, la seducción del mar oprimía sus impulsos y el de otros muchos en su misma situación. Cientos de cuerpos casi desnudos, libres, sumergidos bajo la placidez del sosiego, adoraban al dios de la resurrección sin percibirlo o creerlo. Millones de charlas banales, teñidas con ese protocolo que elimina algunos rastros de nuestra añorada animalidad, interrumpían el salvajismo del lugar. La belleza es un instante, tan simple como éste, que durante mucho tiempo tratamos de explicar usando un lenguaje inapropiado. Una mano buscó a la otra, los ritmos acompasados de las pisadas, de las ideas, de las pasiones y las pulsiones más sedientas. Caminaron hasta el fin de aquel lugar, buscando un pedazo de tierras que sólo ellos pudieran memorizar. Crear una historia propia y única. Anduvieron otros veinte metros y consiguieron ese espacio en la eternidad. Aburridos del movimiento tendieron la lona hablando de todo al unísono. Las infamias, la reproducción, la comida, el fulgor de los cometas y la precisión de las mareas con su ritmo caótico. El sexo era lo de menos, siempre primero pero a su vez constantemente impregnado de amnesia. Junto a ellos, en algún lado, los ángeles y los demonios descansaban de su eterna faena, postrados a lo largo de la arena fina y jugando con el agua brumosa. Los unos más serios, los otros más sonrientes, los más poetizando con o contra el demiurgo, los menos rezando para detallar un segundo donde el ocaso se vuelva perfecto y silencioso. Dios también estaría ahí. Recostado, mirando todas las moléculas y definiendo hasta el más mínimo detalle de sus contornos… Sonriendo… prolongando los destellos anaranjados del sol. Entre tantas moléculas, ellos dos teñían su morbo en el trastabillar de un diálogo anodino. Ninguna palabra estaba reservada para definir aquello que las pieles ya tenían firmemente decidido. A lo lejos, la música de las arañas florecía en la confusión del oleaje; una, pequeña, oscura, de lomo redondo, tan solo a unos metros y casi desapercibida, tejía su hilo omitiendo algunos detalles. De alguna forma, sin pensarlo, habían decidido todo el futuro.
 Verde. Primera, acelerador, el motor ruge y la ciudad se vuelve borrosa.
De frente una moto oscila, segunda marcha, acelera. Sin mejores opciones decide sobrepasarla por la izquierda. Gira el volante acelerando con parsimonia bien definida. De repente un dolor punzante le recorre los hombros y las costillas. Inevitablemente fija la mirada en la nada misma; entonces, el automóvil persigue un destino incierto. Por todos los medios trata de pisar el freno, pero su cuerpo ya es peso muerto. Segundos, apenas tres, son suficientes. Acelera imposibilitado de mover el pie izquierdo. La mano cae del volante. Ella grita sin poder evitarlo. Otra voz, muy distante exprime un Dios te salve Ma… Es tarde para recordar una palabra distinta de Dios. Acelera. Delante, una columna detiene el movimiento del vehículo. El impacto es fuerte, directo, de lleno contra una columna. Primero se deforma el paragolpes, luego se cortan las mangueras que alimentan las válvulas dejando expuesto el radiador, los fierros internos se doblan hacia el interior del cubículo. Dentro, los cuerpos son expulsados hacia delante. Los dos de adelante chocan contra el tablero, el volante y terminan detenidos sobre el parabrisas. La onda expansiva va hacia el interior del habitáculo destruyendo tendones, huesos, rasgando las pieles, abriendo surcos en la carne expuesta. De a poco la sangre se esparce a través de los asientos, el piso y la madera del tablero. No hay forma de hablar, tampoco de razonar, no existe un idioma más directo que el dolor inestimable y una última mirada concedida antes que el cuerpo apague el cerebro. Cenizas estallando por doquier. Entonces son las luces, el sonido distante de las personas que ya no se comunican con ellos, el sueño vertiendo sus ilusiones, la prisión del presente que no puede alejar ese momento de sol y arena. El atardecer cae mientras la música de las arañas se vuelve audible. Sin moverse, ambos pueden ver que la luz va desapareciendo de manera silenciosa. A unos metros, él percibe el sonido tenue de una criatura que teje y espera. Se acercan despacio, haciendo honor a la ceremonia que conocen desde antes de la creación. Sonríen. Hay una historia a medias que prefieren relatar ellos mismos. El telón se descorre al tiempo que la luz sobre el horizonte mengua por completo. Alguien aplaude y aguarda. A su lado, el vacío del cosmos se vuelve inevitablemente pequeño, casi del tamaño de una araña. Sonríe estirando una mano delicada. Empieza.
Chaucines.
  






martes, julio 19, 2016

deberes electorales 2.

Al final del corredor encuentro la última hilera de mesas para votar. Vuelvo a mirar el celular con los datos que había sacado de internet y confirmo que mi destino final se halla detrás del patio interior. Mesa 1.234.567.891; el mejor vestigio de que la democracia es el curro de muchos más sujetos que aquellos que nos resultan imaginables. Meditando acerca de esas circunstancias camino en dirección del aula correspondiente. Por su parte, lejana, la naturaleza sigue el curso de sus propios deseos al margen de nuestras necesidades. Truenos, refusilos. Sobre mi cabeza los nubarrones se condensan cubriendo el horizonte con una masa uniforme de chispazos intermitentes.
En fin, avanzo sin arredrar, enfrascado dentro de una marea de ideas, Cuando algo inesperado surge de las sombras. Si, desde las oscuras tenebrosas tinieblas sombrías no iluminadas, una criatura amorfa comenzó a chistarme. Chist, chist, eameo… ameo. Las palabras se entrechocan a medida que yo consigo distinguirlas. Procuro no darle consecuencia a estar interlocuciones, pensando que se trata de un nuevo brote de paranoia, de esos a los que estoy por demás acostumbrado (si, tal cual se oye; paranoia. Para algunos se trata de una enfermedad mental que no alcanza a transformarse en una esquizofrenia, a raíz de la cual pueden o no haber alucinaciones; para otros se trata de una función superior de nuestro tercer ojo, gracias a la cual nos adaptamos a los peligros potenciales que genera nuestro entorno. Desde mi óptica, yo lo veo a modo de un mecanismo interior que me permite pensar mas alternativas que las que me ofrece el entorno; por ejemplo, inventar el bikini de papel de arroz que a su vez seque dentro del mar. Sea cual fuere la definición, en definitiva es algo con lo que convivo. Recuerdo el ataque anterior y una lágrima apremia entre mis pupilas dilatadas. El hecho sucedió un martes; si la memoria me funciona como es debido. No había desayunado nada aquel día y a eso de las diez decidí apurar una infusión que levante mi espíritu. Así, sin ton ni son, a media mañana  me encontraba tomando un daiquiri de lavandina al escabeche, sentado en silencio  dentro de una plácida cafetería del centro. El sol brillaba tras los cristales mal ploteados con el logo del local y la gente transitaba en cámara lenta siguiendo el orden inverso del tráfico. Hasta ahí la cosa andaba tranquila. Peeeerooooo…. De pronto, por los parlantes del local, una voz siniestra anunció que en dos minutos íbamos a ser invadidos por una especie reptiliana proveniente de una distancia inimaginable. La desesperación cundió a la velocidad del jilguero – bicho del que poco se sabe, al margen de sus hábitos para corregir más allá del corrector que trae el word y su tendencia antinatural de armar chismerio a lo largo del reino animal. No por nada fue apodado por la asociación de benefactores de niños con adicción al matambre de paloma como: pájaro del orto y la puta que te parió. Tengo entendido que el último rumor con que inundó Kenia tuvo repercusiones  de lo más aterradoras. Se ve que la avecita, bastante aburrida, se dedicó a diseminar el ingrato rumor a efectos de convencer a la fauna zonal de lo siguiente: dentro de las cebras crecen celulares 5 g. A través de juros y perjuros, adjuntando a sus dichos pruebas falsas como ser : radiografías, memos emitidos desde la dirección africana de especies con rayas y cuadrúpedas, y pseudo documentales, que mostraban la manera en que este prodigio tenía lugar, de a poco fue consiguiendo su cometido. Si bien al principio su ponderación tuvo bastante resistencia, dado lo extraordinario del chisme y la procedencia del relator, hay que resaltar la tenacidad que posee este plumífero cuándo tiene ganas de joder. Cuatro semanas, la mitad de lo que dura un Magistral familiar, fueron suficientes. En resumen… Amigo, menudo bardo se armó entre las fieras y el hombre keniata. Todos, incluyendo algunas cebras celebradas por sus celebritantes rayas, quisieron armarse de un aparatito. Tentadora fue la noticia, sobre eso no hay margen de duda. Con lo que cuestan hoy los teléfonos móviles, ganarte uno a cambio de contribuir a la extinción de una especie, resulta para nada desdeñable. En fin, la cosa terminó en una persecución inacabable y ausente de razón, gracias a la cual las cebras fueron más codiciadas que las golpizas al cantante de tan biónica. Chano, hijo de puta, pelotudo, metete la RAM en el orto, nabo chupaporonga. Bien aplicada tenés la paliza que recibiste; sos un cantante de cuarta, en una banda de quinta, con canciones pedorras y poca tolerancia a la fafafa. Gil, si te pones a tope de ayudin, porque no te dan las tetas para clavar otro mumm con red bull, volvé a tu casa en un tacho. Además, hay que recalcar que tener una camioneta Dodge de ese tamaño, cuando lo más cerca que estuviste de un campo fue la vez en que te perdiste junto al negro Gonzales oro dentro de un Wendy`s, es de puto pichacorta. Cagon, boludo. Si sos hacendado terrateniente, garca, hijo de esta puta que conocemos por capitalismo,  yo la camioneta te la banco a morir; pero si en lugar de eso, sos un pancho que vive en barrio parque y se alimenta de la teta de Macri, no tenés derecho ni de soñar con tamaño juguete. Ojalá que tu próximo auto te lo haga mierda un elefante sentándose encima.- ni bien escucho eso, procedí a maquillarme al mejor estilo Moria Casan, no sea cosa que esos bichos sean alérgicos al maquillaje o a los fanáticos de la diva en cuestión, o medio boludos y no nos vean a los que llevemos exceso de cosmética. Acto seguido, voy corriendo a plaza de mayo con miras de quitar la espada excalibur que reposa debajo de la pirámide. Eso último no resultó del todo bien. Creo que corrí entre quince y veinte cuadras de más, dado que para llegar hasta la plaza, di vuelta por medio puerto madero. Lindo barrio, por cierto. Ahí paré para sacarme una foto sobre  el puente de la mujer, y luego otra posando debajo del balcón del travestismo internacional. Saliendo del predio de Rodizio, donde me detuve un breve instante a efectos de mirarle el culo a que recibe a los clientes, le pedí el autógrafo a un imitador de Pablo Rago, quien me dijo que no, rompiendo mi corazón de forma abrupta e innecesari. Y realmente me hubiera sentido como el ojete, de no ser porque saquè fuerzas de mi entereza como persona y de recordar los consejos de Alan Faena, quien en su célebre libro de autoayuda dijo: el rencor es la moneda más inverosímil de los retrógrados. Ergo, proseguí mi ruta sin mirar atrás, previo tirarle un adoquín a la cabeza, a ese pelotudo soberbio. Llegué a la plaza a eso de las once. Un centro de jubilados representaba Hamlet frente a la Catedral metropolitana mientras el cuerpo de infantería de la montada se preparaba unos choris de caimán de lo más apetecibles a un costado de la fuente. Atraído por el olor a embutido cocido, me acerqué a uno de ellos y le pregunté a cuanto estaba el sándwich de bondiopan. El policía ni se gastó en responderme. Sacó su pistola y apuntó derecho a mi cabeza. Al instante, gatilló con tan mala fortuna que la bala se direccionó contra uno de los actores; quien a su tiempo resultó ser el abuelo del increíble Hulk, el creíble Halk. Y como suele suceder en los comics, se armó una bataola del carajo. Una vez que el proyectil hubo tocado su carne, el antes pequeño jubilado se transformó en una bestia de un metro noventa y ciento ochenta kilos de pura ira verde. La cara del rati que había disparado, fue impagable. Imaginen el hecho de estar en el camino de un rinoceronte enfurecido; y alguna idea de la sensación van a tener. Por su parte, el oficial, no se dejó llevar por el pánico y sacó de debajo de la parrilla un mortero cargado con misiles antitanques. Choque de titanes al mejor estilo Civil War de Marvel. En resumen, Jubilados contra la yuta. Piñas, palazos, choris a mitad de precio, palomas… todo lo que necesita un argento promedio para pasar una jornada agitada, se estaba concentrando en aquel lugar. Por mi parte, saquè provecho del quilombo afanando un vacio de la parri, no sin antes volcar el chimichurri arriba de la bondiola. Una lástima, pero bueno… algo malo que tuvo que suceder en aras de mi saciedad. ya con el vacío en mano, me dirigí al centro de la pirámide, procurando ingresar en ella a través de un orificio secreto. Entré y ahí estaba. La magnífica, gloriosa espada heráldica del Rey Arturo. Agarré el puño de metal y la blandí en cuanta dirección tuve ganas. me hubiera gustado usarla un poco más antes de ir a la lucha, sin embargo, el tiempo apremiaba. Mi idea original era que valiéndome de ella y del escudo del capitán América, el cual extraje sutilmente durante un mitin de este Vengador con el círculo secreto de las ayudantes de cocina del programa Cocineros argentinos, iba a plantar bandera contra los Enemigos… salvo que lo del maquillaje funcionara.  Vuelvo a la superficie armado hasta los dientes. Y nada… ni un alienígena, ni un invasor, ni nada. De no ser por la pelea entre los ancianos y el personal policial, casi podría pensarse que era un día como cualquier otro. Entonces, a medida que iba apaciguando mis impulsos, se me acercó un travesti disfrazado de banquero, quien me preguntó en aras de qué iba tan armado. Volví, lo miré fijo, y le dije… Este vacío la parte, Rubén. La par te. Dejé las cosas en un costado, inhalé un poco de oxígeno y me fui pensando en una canción de Justin Bieber.) Pero no. Nada de eso. No se trata de otro brote psicótico, sino más bien de una aparición complicada de procesar con una mente recién despierta. Ni más ni menos, mi interlocutor no es otro sino el mismísimo Skeletor. Durante un segundo nos observamos sin decir una palabra. Sonrío. “¿Este show de venir a votar te rompe las pelotas tanto como a mí?"
chaucines.


deberes electorales 2.

Al final del corredor encuentro la última hilera de mesas para votar. Vuelvo a mirar el celular con los datos que había sacado de internet y confirmo que mi destino final se halla detrás del patio interior. Mesa 1.234.567.891; el mejor vestigio de que la democracia es el curro de muchos más sujetos que aquellos que nos resultan imaginables. Meditando acerca de esas circunstancias camino en dirección del aula correspondiente. Por su parte, lejana, la naturaleza sigue el curso de sus propios deseos al margen de nuestras necesidades. Truenos, refusilos. Sobre mi cabeza los nubarrones se condensan cubriendo el horizonte con una masa uniforme de chispazos intermitentes.
En fin, avanzo sin arredrar, enfrascado dentro de una marea de ideas, Cuando algo inesperado surge de las sombras. Si, desde las oscuras tenebrosas tinieblas sombrías no iluminadas, una criatura amorfa comenzó a chistarme. Chist, chist, eameo… ameo. Las palabras se entrechocan a medida que yo consigo distinguirlas. Procuro no darle consecuencia a estar interlocuciones, pensando que se trata de un nuevo brote de paranoia, de esos a los que estoy por demás acostumbrado (si, tal cual se oye; paranoia. Para algunos se trata de una enfermedad mental que no alcanza a transformarse en una esquizofrenia, a raíz de la cual pueden o no haber alucinaciones; para otros se trata de una función superior de nuestro tercer ojo, gracias a la cual nos adaptamos a los peligros potenciales que genera nuestro entorno. Desde mi óptica, yo lo veo a modo de un mecanismo interior que me permite pensar mas alternativas que las que me ofrece el entorno; por ejemplo, inventar el bikini de papel de arroz que a su vez seque dentro del mar. Sea cual fuere la definición, en definitiva es algo con lo que convivo. Recuerdo el ataque anterior y una lágrima apremia entre mis pupilas dilatadas. El hecho sucedió un martes; si la memoria me funciona como es debido. No había desayunado nada aquel día y a eso de las diez decidí apurar una infusión que levante mi espíritu. Así, sin ton ni son, a media mañana  me encontraba tomando un daiquiri de lavandina al escabeche, sentado en silencio  dentro de una plácida cafetería del centro. El sol brillaba tras los cristales mal ploteados con el logo del local y la gente transitaba en cámara lenta siguiendo el orden inverso del tráfico. Hasta ahí la cosa andaba tranquila. Peeeerooooo…. De pronto, por los parlantes del local, una voz siniestra anunció que en dos minutos íbamos a ser invadidos por una especie reptiliana proveniente de una distancia inimaginable. La desesperación cundió a la velocidad del jilguero – bicho del que poco se sabe, al margen de sus hábitos para corregir más allá del corrector que trae el word y su tendencia antinatural de armar chismerio a lo largo del reino animal. No por nada fue apodado por la asociación de benefactores de niños con adicción al matambre de paloma como: pájaro del orto y la puta que te parió. Tengo entendido que el último rumor con que inundó Kenia tuvo repercusiones  de lo más aterradoras. Se ve que la avecita, bastante aburrida, se dedicó a diseminar el ingrato rumor a efectos de convencer a la fauna zonal de lo siguiente: dentro de las cebras crecen celulares 5 g. A través de juros y perjuros, adjuntando a sus dichos pruebas falsas como ser : radiografías, memos emitidos desde la dirección africana de especies con rayas y cuadrúpedas, y pseudo documentales, que mostraban la manera en que este prodigio tenía lugar, de a poco fue consiguiendo su cometido. Si bien al principio su ponderación tuvo bastante resistencia, dado lo extraordinario del chisme y la procedencia del relator, hay que resaltar la tenacidad que posee este plumífero cuándo tiene ganas de joder. Cuatro semanas, la mitad de lo que dura un Magistral familiar, fueron suficientes. En resumen… Amigo, menudo bardo se armó entre las fieras y el hombre keniata. Todos, incluyendo algunas cebras celebradas por sus celebritantes rayas, quisieron armarse de un aparatito. Tentadora fue la noticia, sobre eso no hay margen de duda. Con lo que cuestan hoy los teléfonos móviles, ganarte uno a cambio de contribuir a la extinción de una especie, resulta para nada desdeñable. En fin, la cosa terminó en una persecución inacabable y ausente de razón, gracias a la cual las cebras fueron más codiciadas que las golpizas al cantante de tan biónica. Chano, hijo de puta, pelotudo, metete la RAM en el orto, nabo chupaporonga. Bien aplicada tenés la paliza que recibiste; sos un cantante de cuarta, en una banda de quinta, con canciones pedorras y poca tolerancia a la fafafa. Gil, si te pones a tope de ayudin, porque no te dan las tetas para clavar otro mumm con red bull, volvé a tu casa en un tacho. Además, hay que recalcar que tener una camioneta Dodge de ese tamaño, cuando lo más cerca que estuviste de un campo fue la vez en que te perdiste junto al negro Gonzales oro dentro de un Wendy`s, es de puto pichacorta. Cagon, boludo. Si sos hacendado terrateniente, garca, hijo de esta puta que conocemos por capitalismo,  yo la camioneta te la banco a morir; pero si en lugar de eso, sos un pancho que vive en barrio parque y se alimenta de la teta de Macri, no tenés derecho ni de soñar con tamaño juguete. Ojalá que tu próximo auto te lo haga mierda un elefante sentándose encima.- ni bien escucho eso, procedí a maquillarme al mejor estilo Moria Casan, no sea cosa que esos bichos sean alérgicos al maquillaje o a los fanáticos de la diva en cuestión, o medio boludos y no nos vean a los que llevemos exceso de cosmética. Acto seguido, voy corriendo a plaza de mayo con miras de quitar la espada excalibur que reposa debajo de la pirámide. Eso último no resultó del todo bien. Creo que corrí entre quince y veinte cuadras de más, dado que para llegar hasta la plaza, di vuelta por medio puerto madero. Lindo barrio, por cierto. Ahí paré para sacarme una foto sobre  el puente de la mujer, y luego otra posando debajo del balcón del travestismo internacional. Saliendo del predio de Rodizio, donde me detuve un breve instante a efectos de mirarle el culo a que recibe a los clientes, le pedí el autógrafo a un imitador de Pablo Rago, quien me dijo que no, rompiendo mi corazón de forma abrupta e innecesari. Y realmente me hubiera sentido como el ojete, de no ser porque saquè fuerzas de mi entereza como persona y de recordar los consejos de Alan Faena, quien en su célebre libro de autoayuda dijo: el rencor es la moneda más inverosímil de los retrógrados. Ergo, proseguí mi ruta sin mirar atrás, previo tirarle un adoquín a la cabeza, a ese pelotudo soberbio. Llegué a la plaza a eso de las once. Un centro de jubilados representaba Hamlet frente a la Catedral metropolitana mientras el cuerpo de infantería de la montada se preparaba unos choris de caimán de lo más apetecibles a un costado de la fuente. Atraído por el olor a embutido cocido, me acerqué a uno de ellos y le pregunté a cuanto estaba el sándwich de bondiopan. El policía ni se gastó en responderme. Sacó su pistola y apuntó derecho a mi cabeza. Al instante, gatilló con tan mala fortuna que la bala se direccionó contra uno de los actores; quien a su tiempo resultó ser el abuelo del increíble Hulk, el creíble Halk. Y como suele suceder en los comics, se armó una bataola del carajo. Una vez que el proyectil hubo tocado su carne, el antes pequeño jubilado se transformó en una bestia de un metro noventa y ciento ochenta kilos de pura ira verde. La cara del rati que había disparado, fue impagable. Imaginen el hecho de estar en el camino de un rinoceronte enfurecido; y alguna idea de la sensación van a tener. Por su parte, el oficial, no se dejó llevar por el pánico y sacó de debajo de la parrilla un mortero cargado con misiles antitanques. Choque de titanes al mejor estilo Civil War de Marvel. En resumen, Jubilados contra la yuta. Piñas, palazos, choris a mitad de precio, palomas… todo lo que necesita un argento promedio para pasar una jornada agitada, se estaba concentrando en aquel lugar. Por mi parte, saquè provecho del quilombo afanando un vacio de la parri, no sin antes volcar el chimichurri arriba de la bondiola. Una lástima, pero bueno… algo malo que tuvo que suceder en aras de mi saciedad. ya con el vacío en mano, me dirigí al centro de la pirámide, procurando ingresar en ella a través de un orificio secreto. Entré y ahí estaba. La magnífica, gloriosa espada heráldica del Rey Arturo. Agarré el puño de metal y la blandí en cuanta dirección tuve ganas. me hubiera gustado usarla un poco más antes de ir a la lucha, sin embargo, el tiempo apremiaba. Mi idea original era que valiéndome de ella y del escudo del capitán América, el cual extraje sutilmente durante un mitin de este Vengador con el círculo secreto de las ayudantes de cocina del programa Cocineros argentinos, iba a plantar bandera contra los Enemigos… salvo que lo del maquillaje funcionara.  Vuelvo a la superficie armado hasta los dientes. Y nada… ni un alienígena, ni un invasor, ni nada. De no ser por la pelea entre los ancianos y el personal policial, casi podría pensarse que era un día como cualquier otro. Entonces, a medida que iba apaciguando mis impulsos, se me acercó un travesti disfrazado de banquero, quien me preguntó en aras de qué iba tan armado. Volví, lo miré fijo, y le dije… Este vacío la parte, Rubén. La par te. Dejé las cosas en un costado, inhalé un poco de oxígeno y me fui pensando en una canción de Justin Bieber.) Pero no. Nada de eso. No se trata de otro brote psicótico, sino más bien de una aparición complicada de procesar con una mente recién despierta. Ni más ni menos, mi interlocutor no es otro sino el mismísimo Skeletor. Durante un segundo nos observamos sin decir una palabra. Sonrío. “¿Este show de venir a votar te rompe las pelotas tanto como a mí?"
chaucines.


viernes, enero 15, 2016

deberes electorales 1

Uffffff. En breve empieza la jornada electoral; algo que siempre trato de evitar (al igual que tantos otros seres humanos quienes, coaccionados a base de amenazas de multas,  transitan la frágil luminosidad del sufragio obligatorio), porque odio este día desde el mismo momento en que tengo la certeza de que votar es obligatorio... pero bueno, a nuestros dirigentes políticos parece importarles un carajo el hecho de mi amplia reticencia a la hora de cumplir con algunas obligaciones Democráticas.  (Digo, a mí, el verso del ejercicio de los derechos políticos y la conciencia ciudadana no me convence del todo y mucho menos lo hace si me tengo que morfar el finde dentro de casa debido a la veda alcohólica. O sea, sí, se puede salir el sábado a la noche, eso nadie te lo impide… pero empezar el patrullaje tipo veintidós e ir a un bar a tomar coca cola mezclada con agua levite, es igual de divertido que hacer un recuento de tampones durante la noche de navidad. No da.). Lo cierto es que más allá de mis actitudes negacionistas, siempre me levanto y después de desayunar frugalmente voy de camino a la escuela correspondiente.
Son las siete y media más o menos según lo que marca el reloj del celular. A millones de kilómetros de distancia, el sol explota dejando que su halo se cuele a través de los intersticios de un millón de ventanas. O dicho de otro modo, domingo bien temprano de mañana, la humedad es de un mil por ciento, los pájaros trinan a la distancia todos los jingles políticos del PRO, las PASO repican destinadas a elegir quienes van a ser los candidatos a presidente de este país para octubre y yo tengo la paciencia de una quinceañera sin celular quien recorre los geriátricos inspeccionando el contenido de los matafuegos. En fin, a pesar de la hora, hay que levantarse y cumplir con las mandas constitucionales. Cuesta, más que nada en la historia; ya de por sí despegar los párpados resulta algo casi imposible. Sin embargo y por ser día de votación lo hago esforzándome al máximo (tengo la firme convicción que lo mejor es ir y acabar la faena a ni bien abren, sobretodo si tenemos presente que entre las 10 y las 15 apremia la horda votante proveniente de los avernos citadinos. Sus miembros corren a lo largo del asfalto, dispuestos a lo que sea menos a echar la boleta en tiempo escaso. Ergo, salen las viejas pacatas, hinchapelotas, todas mal maquilladas, quienes tienen todo el apuro del puto planeta hasta que llegan al cuarto oscuro. Ahí, a pesar de que lo nieguen, la gran mayoría de ellas, pela el celular e improvisa un video sobre el uso indiscriminado del rímel y el labial rojo. Son todas unas youtubers del orto. Ancianas fanatizadas con el morbo de  la exhibición imprudente; parece que compiten para ver cuál de ellas se asemeja más a una remolacha.) Siento el cuerpo como si lo tuviera cubierto por voligoma industrial (para los que no lo sepan, este pegamento existe y adhiere lo que sea de una forma que da calambre. En otro tiempo, dice la leyenda – mito que se relata en el libro de quejas de la compañía fechado en el quinientos antes de Ewan Mc.Gregor-, pegaron un jabalí a un caniche toy. El experimento tuvo resultados de lo más interesantes. Primero: se dieron cuenta que el apto psicológico destinado a averiguar el inconsciente del personal es de lo más necesario dentro de cualquier industria – o sea, procurar juntar a dos especies de ese estilo es un acto de lo más cercano a la demencia… o al aburrimiento-. Segundo: los jabalíes son menos dóciles de lo que parecen y que esos perros de mierda muerden como putos. Los detesto. En fin, resumiendo, caniche mas jabalí es igual a un tener un disco de Pavarotti cantando Figaro de Mozart y remixarlo al mejor estilo tiesto. Una total y completa falta de respeto. Cosa que hay que maximizar, cuando la idea troncal sobre la existencia de un jabalí se resume a hacerlo jamón. No obstante todo lo dicho, hay que reconocer algo… el jabaniche toy, quedó re lindo cuando lo embalsamaron, previo quitarle los cuartos traseros para hacer unos embutidos de lo más apetecibles.) La cosa es que un poco más y necesito salir de la cama usando una espátula.
Reitero, qué día de mierda. Todo pegajoso, caluroso, molesto para cualquier cosa aparte de respirar. Remoloneo un poco tapándome hasta las orejas y trato fútilmente de no recibir en forma directa los refusilos que escapan por debajo de la persiana. En mi cerebro circula la idea de que si miro hacia el olvido, aquellas cosas que no logro recordar van a dejar de existir. Fija esa noción, mi primer impulso es que la amnesia se extienda hacia los candidatos y sus necesidades. Nada. Al final de cuentas el ambiente es más fuerte que yo y dejo de luchar contra los impulsos sedentarios y desmemoriosos. Salgo del colchón, expulsado por el amor a la constitución nacional… y porque ya me estaba re meando y tenía la vejiga completamente al borde de la explosión.
Meado el asunto, sacudido el instrumento me calzo las pilchas, clavo tres galletitas gaona (por lejos las mejores, pero las fucking mejores de la puta tierra. Son increíbles desde donde se las mire. Sobretodo las palmeritas. Se caga la perra si alguien fabrica alguna que sea más rica.) y salgo a la ciudad diagnosticando resfríos a los mendigos de la esquina y un karma negativo a la poli de la metropolitana quien, como ya es su costumbre, está usando el celular con algún colega. La mina escucha mi sentencia, agradece y comienza a tocarse las mamas a efectos de encontrar algún bulto dentro de las tetas que pueda resultarle invasivo. Mueve un poco las manos, de una forma que me recuerda una película lésbica, pasados treinta segundos, da con la mentada anomalía. Al principio mira lo que abulta sus pechos manifestando todo tipo de dudas. Allende, no pasan ni dos segundos cuando ya se da cuenta de que no se trata de un tumor maligno. Lejos de esos pronósticos notamos que se trata de la horma de queso que habían afanado del chino la semana pasada. De acuerdo a su versión, esto se explicaría desde la óptica siguiente: luego de chorearla, los cacos la escondieron entre sus senos sin que ella lo notara. (o al menos eso sostiene sin dar marcha atrás en la argumentación.) En fin, la onda es no darle mucha cabida al asunto y seguir la gira hasta la mesa electoral asignada.
Día de reputa mierda. Recién ahora me doy cuenta de lo feo que está el cielo. Levanto un poco la mirada y mi mente adelanta el pronóstico de las horas venideras: Lluvias en la cercanías, te vas a cagar mojando. Encima me faltan diez cuadras para llegar al colegio asignado. (y acá hago un parate… la re concha de sus madres, bien, pero bien putas. Tengo tres escuelas en un radio de cinco cuadras, dos de las cuales están a cien metros nomás. Digo yo, en qué cabeza cabe que tenga que caminar casi un kilómetro para llegar a la boca de la urna. ¿Son pelotudos o se hacen? Manga de forros, una cuadra, nada más que una cuadra es lo que me separa de la más cercana; pero aún así tengo que ir a votar a la re concha de la lora, a un colegio Griego que es más chico que el baño de la baticueva. Ahí dentro eructás en el patio y el barulo les llega a los vecinos. Me cago en todos ustedes y sus  planificaciones urbanas, señores de la comisión electoral… o como mierda se llamen.)
A medida que me acerco comienzo a disfrutar de la ausencia solar. Nubes por todos lados cubren el horizonte en lontananza. Camino y me maravillo a cada paso, contemplando estas  acumulaciones cobrizas que podrían dar pesadillas a cuanto cristiano tenga el afán de observarlas. Faltando una cuadra ya distingo la pléyade nefasta que avanza al objetivo final del centro de sufragio comunal. Puedo clasificarlos en varios grupos: ancianos consumidos; jóvenes derrotados; imitadores de la llama que llama; y amas de casa quienes llevan de la mano a su prole vasta y ruidosa. Mientras más observo la escena más me remonto a la imagen que tengo de viajar en el Sarmiento a las ocho de la matina. Prosigo. Sé que la mesa se halla en el segundo piso, al fondo, pasando un patio en dirección de la avenida. Ni bien llego un gendarme me mira agresivo, apretando la culata de su rifle en señal de amenaza. Lo saludo y acaricio al minión que juega a su costado con una banana de plástico. La criatura, asombrada por el gesto espeta un: Banana; rematando la conversación con un par de alocuciones que apenas logro desentrañar. Pateo suavemente al chiquitín mandándolo al otro lado del hall central y avanzo. Sé que por lo bajo el milico quiere agradecerme, pero le evito el desagrado agachando la frente hasta procurar alcanzar el codo derecho. Ambos dejamos que el opuesto sea parte de un mal recuerdo. Continúo. A los costados, se apiñan las seis mesas principales, donde se concentra el sesenta porciento del electorado que concurre a este colegio. Mal augurio: ninguna, salvo una donde el presidente de mesa es una planta carnívora de ocho metros y doscientos cincuenta kilos. Presumo que la falta de votantes es inversamente proporcional a la saciedad estomacal del bicho éste.
Paso sin ver y llego a la escalera. Pa no ra ma bi za rro. Joder. Parados sobre los escalones encuentro un grupo de mariachis desbigotados, quienes esperan y tocan canciones de Iggy Pop. Subo al ritmo de Candy orientándome hacia la mesa. Menuda sorpresa me llevo cuando al final de la subida doy contra una máquina expendedora de preservativos camaleón, la cual me comenta a la pasada que está muy nerviosa por ser ésta su primera votación. Pongo una moneda, saco un par de cajas con sabor a Termidor blanco, y la palmeo diciéndole que no es tan grave. La máquina agradece mandando una caja más de forros con tachas. Justo es su momento de entrar al cuarto oscuro. Por segunda vez le recuerdo que todo va a salir bien… pero el destino prueba que estoy en lo contrario. Ni bien presenta el certificado de garantía de la empresa (con el cual cualquier aparato puede ir a cumplir con sus menesteres patrióticos), le hacen saber que ya una cafetera con el mismo número de serie había pasado a sufragar. Ipso facto sale un tipo disfrazado al mejor estilo HALO de la Play Station tres, y le vacía el cargador. Punto negativo, se ensució un poco el espíritu del momento. Punto positivo, todos nos llevamos preservativos de arriba. (hay que verle el lado operativo a las circunstancias.)

Chaucines.
Uffffff. En breve empieza la jornada electoral; algo que siempre trato de evitar (al igual que tantos otros seres humanos quienes, coaccionados a base de amenazas de multas,  transitan la frágil luminosidad del sufragio obligatorio), porque odio este día desde el mismo momento en que tengo la certeza de que votar es obligatorio... pero bueno, a nuestros dirigentes políticos parece importarles un carajo el hecho de mi amplia reticencia a la hora de cumplir con algunas obligaciones Democráticas.  (Digo, a mí, el verso del ejercicio de los derechos políticos y la conciencia ciudadana no me convence del todo y mucho menos lo hace si me tengo que morfar el finde dentro de casa debido a la veda alcohólica. O sea, sí, se puede salir el sábado a la noche, eso nadie te lo impide… pero empezar el patrullaje tipo veintidós e ir a un bar a tomar coca cola mezclada con agua levite, es igual de divertido que hacer un recuento de tampones durante la noche de navidad. No da.). Lo cierto es que más allá de mis actitudes negacionistas, siempre me levanto y después de desayunar frugalmente voy de camino a la escuela correspondiente.
Son las siete y media más o menos según lo que marca el reloj del celular. A millones de kilómetros de distancia, el sol explota dejando que su halo se cuele a través de los intersticios de un millón de ventanas. O dicho de otro modo, domingo bien temprano de mañana, la humedad es de un mil por ciento, los pájaros trinan a la distancia todos los jingles políticos del PRO, las PASO repican destinadas a elegir quienes van a ser los candidatos a presidente de este país para octubre y yo tengo la paciencia de una quinceañera sin celular quien recorre los geriátricos inspeccionando el contenido de los matafuegos. En fin, a pesar de la hora, hay que levantarse y cumplir con las mandas constitucionales. Cuesta, más que nada en la historia; ya de por sí despegar los párpados resulta algo casi imposible. Sin embargo y por ser día de votación lo hago esforzándome al máximo (tengo la firme convicción que lo mejor es ir y acabar la faena a ni bien abren, sobretodo si tenemos presente que entre las 10 y las 15 apremia la horda votante proveniente de los avernos citadinos. Sus miembros corren a lo largo del asfalto, dispuestos a lo que sea menos a echar la boleta en tiempo escaso. Ergo, salen las viejas pacatas, hinchapelotas, todas mal maquilladas, quienes tienen todo el apuro del puto planeta hasta que llegan al cuarto oscuro. Ahí, a pesar de que lo nieguen, la gran mayoría de ellas, pela el celular e improvisa un video sobre el uso indiscriminado del rímel y el labial rojo. Son todas unas youtubers del orto. Ancianas fanatizadas con el morbo de  la exhibición imprudente; parece que compiten para ver cuál de ellas se asemeja más a una remolacha.) Siento el cuerpo como si lo tuviera cubierto por voligoma industrial (para los que no lo sepan, este pegamento existe y adhiere lo que sea de una forma que da calambre. En otro tiempo, dice la leyenda – mito que se relata en el libro de quejas de la compañía fechado en el quinientos antes de Ewan Mc.Gregor-, pegaron un jabalí a un caniche toy. El experimento tuvo resultados de lo más interesantes. Primero: se dieron cuenta que el apto psicológico destinado a averiguar el inconsciente del personal es de lo más necesario dentro de cualquier industria – o sea, procurar juntar a dos especies de ese estilo es un acto de lo más cercano a la demencia… o al aburrimiento-. Segundo: los jabalíes son menos dóciles de lo que parecen y que esos perros de mierda muerden como putos. Los detesto. En fin, resumiendo, caniche mas jabalí es igual a un tener un disco de Pavarotti cantando Figaro de Mozart y remixarlo al mejor estilo tiesto. Una total y completa falta de respeto. Cosa que hay que maximizar, cuando la idea troncal sobre la existencia de un jabalí se resume a hacerlo jamón. No obstante todo lo dicho, hay que reconocer algo… el jabaniche toy, quedó re lindo cuando lo embalsamaron, previo quitarle los cuartos traseros para hacer unos embutidos de lo más apetecibles.) La cosa es que un poco más y necesito salir de la cama usando una espátula.
Reitero, qué día de mierda. Todo pegajoso, caluroso, molesto para cualquier cosa aparte de respirar. Remoloneo un poco tapándome hasta las orejas y trato fútilmente de no recibir en forma directa los refusilos que escapan por debajo de la persiana. En mi cerebro circula la idea de que si miro hacia el olvido, aquellas cosas que no logro recordar van a dejar de existir. Fija esa noción, mi primer impulso es que la amnesia se extienda hacia los candidatos y sus necesidades. Nada. Al final de cuentas el ambiente es más fuerte que yo y dejo de luchar contra los impulsos sedentarios y desmemoriosos. Salgo del colchón, expulsado por el amor a la constitución nacional… y porque ya me estaba re meando y tenía la vejiga completamente al borde de la explosión.
Meado el asunto, sacudido el instrumento me calzo las pilchas, clavo tres galletitas gaona (por lejos las mejores, pero las fucking mejores de la puta tierra. Son increíbles desde donde se las mire. Sobretodo las palmeritas. Se caga la perra si alguien fabrica alguna que sea más rica.) y salgo a la ciudad diagnosticando resfríos a los mendigos de la esquina y un karma negativo a la poli de la metropolitana quien, como ya es su costumbre, está usando el celular con algún colega. La mina escucha mi sentencia, agradece y comienza a tocarse las mamas a efectos de encontrar algún bulto dentro de las tetas que pueda resultarle invasivo. Mueve un poco las manos, de una forma que me recuerda una película lésbica, pasados treinta segundos, da con la mentada anomalía. Al principio mira lo que abulta sus pechos manifestando todo tipo de dudas. Allende, no pasan ni dos segundos cuando ya se da cuenta de que no se trata de un tumor maligno. Lejos de esos pronósticos notamos que se trata de la horma de queso que habían afanado del chino la semana pasada. De acuerdo a su versión, esto se explicaría desde la óptica siguiente: luego de chorearla, los cacos la escondieron entre sus senos sin que ella lo notara. (o al menos eso sostiene sin dar marcha atrás en la argumentación.) En fin, la onda es no darle mucha cabida al asunto y seguir la gira hasta la mesa electoral asignada.
Día de reputa mierda. Recién ahora me doy cuenta de lo feo que está el cielo. Levanto un poco la mirada y mi mente adelanta el pronóstico de las horas venideras: Lluvias en la cercanías, te vas a cagar mojando. Encima me faltan diez cuadras para llegar al colegio asignado. (y acá hago un parate… la re concha de sus madres, bien, pero bien putas. Tengo tres escuelas en un radio de cinco cuadras, dos de las cuales están a cien metros nomás. Digo yo, en qué cabeza cabe que tenga que caminar casi un kilómetro para llegar a la boca de la urna. ¿Son pelotudos o se hacen? Manga de forros, una cuadra, nada más que una cuadra es lo que me separa de la más cercana; pero aún así tengo que ir a votar a la re concha de la lora, a un colegio Griego que es más chico que el baño de la baticueva. Ahí dentro eructás en el patio y el barulo les llega a los vecinos. Me cago en todos ustedes y sus  planificaciones urbanas, señores de la comisión electoral… o como mierda se llamen.)
A medida que me acerco comienzo a disfrutar de la ausencia solar. Nubes por todos lados cubren el horizonte en lontananza. Camino y me maravillo a cada paso, contemplando estas  acumulaciones cobrizas que podrían dar pesadillas a cuanto cristiano tenga el afán de observarlas. Faltando una cuadra ya distingo la pléyade nefasta que avanza al objetivo final del centro de sufragio comunal. Puedo clasificarlos en varios grupos: ancianos consumidos; jóvenes derrotados; imitadores de la llama que llama; y amas de casa quienes llevan de la mano a su prole vasta y ruidosa. Mientras más observo la escena más me remonto a la imagen que tengo de viajar en el Sarmiento a las ocho de la matina. Prosigo. Sé que la mesa se halla en el segundo piso, al fondo, pasando un patio en dirección de la avenida. Ni bien llego un gendarme me mira agresivo, apretando la culata de su rifle en señal de amenaza. Lo saludo y acaricio al minión que juega a su costado con una banana de plástico. La criatura, asombrada por el gesto espeta un: Banana; rematando la conversación con un par de alocuciones que apenas logro desentrañar. Pateo suavemente al chiquitín mandándolo al otro lado del hall central y avanzo. Sé que por lo bajo el milico quiere agradecerme, pero le evito el desagrado agachando la frente hasta procurar alcanzar el codo derecho. Ambos dejamos que el opuesto sea parte de un mal recuerdo. Continúo. A los costados, se apiñan las seis mesas principales, donde se concentra el sesenta porciento del electorado que concurre a este colegio. Mal augurio: ninguna, salvo una donde el presidente de mesa es una planta carnívora de ocho metros y doscientos cincuenta kilos. Presumo que la falta de votantes es inversamente proporcional a la saciedad estomacal del bicho éste.
Paso sin ver y llego a la escalera. Pa no ra ma bi za rro. Joder. Parados sobre los escalones encuentro un grupo de mariachis desbigotados, quienes esperan y tocan canciones de Iggy Pop. Subo al ritmo de Candy orientándome hacia la mesa. Menuda sorpresa me llevo cuando al final de la subida doy contra una máquina expendedora de preservativos camaleón, la cual me comenta a la pasada que está muy nerviosa por ser ésta su primera votación. Pongo una moneda, saco un par de cajas con sabor a Termidor blanco, y la palmeo diciéndole que no es tan grave. La máquina agradece mandando una caja más de forros con tachas. Justo es su momento de entrar al cuarto oscuro. Por segunda vez le recuerdo que todo va a salir bien… pero el destino prueba que estoy en lo contrario. Ni bien presenta el certificado de garantía de la empresa (con el cual cualquier aparato puede ir a cumplir con sus menesteres patrióticos), le hacen saber que ya una cafetera con el mismo número de serie había pasado a sufragar. Ipso facto sale un tipo disfrazado al mejor estilo HALO de la Play Station tres, y le vacía el cargador. Punto negativo, se ensució un poco el espíritu del momento. Punto positivo, todos nos llevamos preservativos de arriba. (hay que verle el lado operativo a las circunstancias.)
Chaucines

.

sábado, agosto 08, 2015

requiem 4-5-2014. casi en el ocaso.

Bajé del avión a eso de la una y media de la mañana. Lentamente rompì el pasaje escondiendo los pedazos dentro de una bolsa para vomitar. Estaba de nuevo en la tierra de la que siempre me agrada escapar. Sonreí por lo bajo, traspuse la manga que une el sector de embarque con la puerta de salida y reconecté el celular; habían pasado siete días sin saber nada del mundo. Esperè un poco y aparecieron mil mensajes… y en medio de todos esos uno me auguró cuál iba a ser mi futuro próximo. Resignado, comprimí los puños hasta sentir los nudillos inyectados de mi sangre turbia y agresiva. Quería gritar, romper algo, prender fuego a todas las imágenes sagradas de las cadenas de comida rápida. Al margen del deseo, sin detenerme, corrí atravesando la niebla estival que madrugaba debajo del aeropuerto. Pensando en la extensión de la distancia procuré congelar los recuerdos. No, blanco, vacío, gastado… desplazaba mi cuerpo hacia un punto de esa rutina de paranoia. No pasaron ni dos años y ya estamos de vuelta. Idéntica escena, idéntico guion, se repiten los actores a pesar de algunos cambios en los roles. A mí me asignan el mismo papel de la vez pasada; y de entrada deduzco que lo odio a más no poder. Es lo que hay, repite mi mente sin dejar de hacer eco. Prosigo.
Ahora –hace un año y un par de meses, para ser sincero-. Subo las escaleras inacabables del hall central orientándome al piso segundo. Llego al final y tuerzo a la izquierda. Luego tengo quince pasos cortos antes de encontrar la primera intersección. Me detengo un segundo pensando en huir del lugar; ciertamente que sería lo mejor para mí. Prefiero ser egoísta… tiemblo pensando en volver sobre mis pisadas y acelerar perdiéndome en los derrames de esta ciudad… y después mandar todo a la mierda. Irme, no pensar, acurrucarme entre las nubes que truenan en invierno… y ahí, envuelto en una marea de luces y ráfagas enardecidas, recitar de cualquier forma todos los exhámetros de las poesías que pueda imaginar. No, imposible. El ahora es todo lo que puedo abarcar. Paso una puerta de doble hoja donde puede leerse un cartel escrito en letras rojas: PROHIBIDO EL PASO A TODA PERSONA AJENA A LA INSTITUCIÓN. Nada. La empujo e infiero que ambas partes se bambolean de atrás para adelante; no lo sé con certeza pero, según mis escasos conocimientos de física, asumo que ese movimiento sería de lo más natural. Repaso el mismo cuadro una y mil veces. Pasillos infinitos, pesados, plagados de rostros inertes que me resultan indiferentes e innecesarios. Médicos, enfermeras… la espera que nunca deja de serlo. Giro y alguien me indica hacia dónde continuar el resto del trayecto. Veinte pasos después, siguiendo una ruta que nunca logro retener, entro en una habitación ancha destinada a pacientes de terapia intermedia. Lo primero que aparece es una cortina divisoria gris que esconde una amplia ventana que da hacia la nada. Inhalo, exhalo. La cama uno está vacía. Aprieto los dientes y sigo. A medida que avanzo rozo con las yemas de los dedos estas paredes rugosas, mal pintadas. Voy caminando despacio mientras retengo la imagen de las sábanas blancas que recuadran la superficie del colchón… el hedor nauseabundo del alcohol en gel para las manos, el yodo y el jabón antibacterial… y las luces mortecinas fallando en tandas de dos. Esta porción de la tierra palpita rasgando la cordura, y yo una vez allí me siento a gusto por algún motivo.
Te encuentro durmiendo. Roncas de lado, hipando; por un instante también creo que estás rezando. No, hace bastante que olvidaste a qué divinidad ir a pedirle que te purgue del milagro de morir. Esto es distinto. Estudio la escena y comprendo que simplemente recitás el primer salmo de tus delirios oníricos. Danzando al ritmo de la locura, tus manos se mueven y tiran de las conexiones del aparato que te suministra el antibiótico y los calmantes. Miro a través de los vidrios de nuestra ventana (debo decir que están bastante sucios de tierra y excremento de las palomas). Detrás aparece el pulmón de esta parte del hospital. Muy cerca y a su vez dentro de otro universo menos complejo, las torcazas aletean migrando de un vértice al otro del edificio. Nosotros estamos en el segundo cuerpo, anexados a la nueva construcción. Acá los corredores son mucho más estrechos, y los profesionales de la salud me parecen un poco más borrosos. Trato de no prestarles atención; su impronta me irrita por un lado, mientras que por el otro me resulta demasiado efímera. Apoyo los codos sobre la silla de huéspedes y me reclino. Bajo los párpados en un esfuerzo por cubrir mi imaginación de sombras. Entonces, despertás a medias e intentamos mantener algún tipo de contacto. Imposible. 
Otro día más en las mismas condiciones. Percibo tu voz. Es añeja, doliente, procura convencerme de un argumento que no creo que convenza a nadie. Me decís algo en otro idioma; uno que apenas sabés manejar. Tu mente divaga encajonada por una cárcel fabricada a base de miedo y drogas anestésicas. Quisiera que no fuera así, pero sé que lo es. Te cuesta respirar, años de abuso de tabaco son tu escena triunfal. El combo autojoderse, agrandado con los años y los disgustos. Apenas podés moverte, una cadera rota, los fármacos adormeciéndote las extremidades, días de atrofiarte sobre el colchón de este camastro horrendo. Y tu mente sigue merodeando, lejos, cerca, pernoctando privada de toda coherencia. A veces pienso que es efecto directo de las sustancias que transitan a lo largo del torrente sanguíneo; otras veces imagino que son todos los sueños y fantasías, las más brillantes y las más oscuras, que siempre intuiste y jamás supiste cómo administrar. Nadie nos enseña a creer más allá de lo creíble; posiblemente vos no seas la excepción… ni yo. Ahí estamos ambos, yo mirándote y vos deduciendo algo de mis contornos. Sin embargo, cada pensamiento tuyo va mucho más allá. Cielo, infierno, una miscelánea de lugares conocidos y desconocidos. De todos hacés una mezcla que termina generando la nada indefinida donde te sentís a gusto. Esa nada de la que hablás con encarnizamiento y vehemencia; un espacio sin tiempo ni forma, plagado de animales nuevos, personas de siempre e irreconocibles y de fábulas nefastas que vacacionan a través de tu sistema intoxicado. Te dejo ser y hablar de todo cuanto sea accesible a tu mente. Me rehúso a pensarlo, pero puede que éstas sean las últimas palabras que digas. Las peores. No hacés ningún discurso triunfal antes de que pase algo. En tu monólogo no hay moral, enseñanzas, mensajes para reflexionar o cosa parecida. Al contrario, sólo dominan los delirios que te hacen sentir a gusto sin necesidad de reconsiderar los dicho en atención a la coherencia de la imagen. Flotás junto a los ángeles beodos. Con ellos cocinás el mejor orgasmo y escanciás vinos pecaminosos en copas de cristal ajado. Y cuando todos están en condiciones entonan una canción que convierte los soles en puntos diminutos llenos de furia. Muy lejos de ahí, observás cuando ella se sienta a sonreír al pie de tu cama. En ese instante los dejos solos… deduzco que de algo importante tienen que hablar.
Cae la tarde. Levantás un dedo y señalás algo detrás mìo. No giro la cabeza; prefiero creerte. Entre carraspeos me comentás que justo a mis espaldas hay un hombre parado hablando. Viene desde lejos, de un lugar donde la luz infecta las retinas y el viento perfora las pesadillas. Su historia empieza cuando ingresa al edificio rompiendo el cristal de una ventana. Vos, al principio, lo confundís con tu viejo porque sabías que él iba a hacerte una visita hoy al mediodía. No obstante eso, él no puede ser tu papá; es alguien más. Tiembla, gime, comprende el idioma independientemente de escuchar una sola de tus palabras. Ahora tenés alguien más con quien poder hablar en igualdad de términos. Del bolsillo derecho saca una melodía de Prokofiev y la diluye a lo largo de la habitación. Hago mi mejor esfuerzo procurando distinguir el movimiento de los violines. La música retumba en tus tímpanos, y a medida que fluye hablás y sonreís ausente de alegría. Espero un rato, dejando que cada nota embeba tu memoria. Me mirás y por fin veo que sabés quién soy y porqué estoy acá. Nuestro visitante permanece a un costado de la cama según relatás. De a ratos me preguntás cosas, y de a ratos ustedes dos continúan con la disertación presintiendo el movimiento de las mariposas negras que inundan el techo. Te tomo la mano, después de muchos años, demasiados más de aquellos en los que puedo pensar. En ese instante preguntás si vas a vivir más que esta sinfonía de mariposas oscuras. Si la vas a volver a ver cuando algo suceda. No sé qué responderte; sonrío: Quedate tranquilo.
Sólo espero que sí… que se vean y saluden como si nada hubiera pasado; como si esta vida fuera el recuerdo que queda al cabo de ochenta años de estar envueltos por un sueño denso. Me voy a la oscuridad buscando algo de aire. No vuelvo la cabeza, porque sé que la compañía te resulta bastante grata.
Espero… el celular silencioso permanece en la campera, y las mariposas, lentamente, comienzan a descender. Espero.
Y un año después, con algunos meses acoplados, sé que andás por ahí, haciendo algo, con ella… o sólo… cosechando tigres dentro de las tormentas y las supernovas de alguna galaxia lista para descubrir. Todo va a salir bien, nos vemos. (esta vez tardé más de la cuenta. Intuyo que imaginarás la razón. pero esa historia, es para otro momento.)
Chaucines.




lunes, julio 20, 2015

rompiendo el hielo.

Luz fría descendiendo sobre los bordes húmedos de la vereda. La observo ausente, vacío, gastado; la admiro sin profesar ningún tipo de asombro. Todo ocurre en cámara lenta. Cuadro por cuadro. Aparecen y desaparecen millares de imágenes concatenadas, repletas de pliegues y detalles que alcanzo a recordar con algo de esfuerzo. Pequeñas moléculas de polvo sibilante se retuercen amparadas por las incesantes ráfagas de viento, nervaduras de hojas atrofiadas y resecas, pequeñas bolsas de basura apiladas en la esquina opuesta, donde el agua proveniente de un caño roto desborda la ochava convirtiendo el lugar en un infinito charco. Camino. Sueño; o me despierto… a la derecha descubro los símbolos secretos que procrean bajo la corteza de los árboles. Están ahí, desnudos y latentes; puedo verlos, describirlos, memorizarlos… incluso, podría llegar a recitarlos siguiendo el mismo orden que ellos me proponen. Antiguos, magníficos, dolorosos, furtivos a los ojos piadosos de los mendigos… Quisiera pensar que son para otro momento; pero la memoria es un artefacto inescrupuloso que no reconoce más límites a no ser la inexistencia.
Meto ambas manos en los bolsillos y cierro los ojos por un segundo. Aguzando un poco el oído creo distinguir dos pájaros cantando acurrucados contra el fondo de una rama. Las bajas temperaturas y el impulso primal del contacto los arroban e invitan a continuar. No poseo razones ciertas, pero aún así los aborrezco; hace demasiado tiempo aprendí que el odio es algo más antiguo y natural que el amor. Simplemente sucede, al igual que otras tantas parodias a las que le buscamos una explicación. Tampoco tengo muy en claro el fundamento para que mi inclinación sea por el primero y no por el segundo. Al fin y al cabo, los dos, cada cual a su manera particular, representan una fuerza necesaria destinada a permitir que ocurra el arte y la reproducción. No importa, sólo sé que la rabia de la existencia motiva más anhelos que la supuración del amor. O al menos es lo que prefiero creer. Divago, lo entiendo. Levanto los párpados en señal de expiación. Vuelvo a la figura de las aves acurrucadas, les dirijo una grata mirada y continúo mi camino. Cerca, un automóvil se desliza a lo largo de la calle manteniendo una velocidad moderada y sin hacer demasiado ruido. Es temprano, más de lo necesario según mi gusto. El rodado es algo grande y deforme, pintado de colores vivos (tres al menos) y tiene parte de la carrocería carcomida por el óxido; en la punta del capot lleva una estrella de cinco puntas un tanto doblada. Dentro, un automovilista descamisado fuma y bebe el contenido de lo que parece ser una botella de whisky de bolsillo. Nos observamos y estudiamos a lo largo de un segundo. Desconozco su teoría acerca de este encuentro, pero deduzco que él también infiere que no tenemos otro destino a no ser el de aborrecernos. Hace un gesto de salutación girando en la esquina y tirando agua para los costados. La fuerza de la presión sobre el charco empuja raudales de líquido oscuro, los cuales van dar contra el frente de un local de ropa. Mira por el espejo retrovisor… entonces acelera, a fondo. Sonríe. O eso creo; también puede ser cierto que jamás estuviera allì entre nosotros. Cómo digo, no entiendo del todo si sueño o si razono.
Doy la vuelta y me dirijo hacia el cruce de calles. El viento sopla sin dar respiro a las hojas que caen. Un perro corre a mi lado; no tiene correa y su pelaje está algo sucio. Olisquea árboles, pedazos de cartón, latas de aceite vacìas, las botas ajadas de la oficial de policía que se resguarda bajo un balcón procurando evitar el contacto con la llovizna. La mujer le acaricia levemente el lomo. El animal la observa y le obsequia un gruñido ligero. Para ella esto resulta ser un gesto que oscila entre la necesidad de preservarse y el hambre que notoriamente le metralla las costillas. Se pone en cuclillas aproximándose al hocico jadeante y le da algo de alimento. A lo visto se trata de una golosina, o de un pedazo de galleta; desde mi posición resulta difícil saberlo. La escena se explica como algo demasiado simple. Un necesitado y otro que obra a modo de samaritano. El perro, primero olfatea el producto, lo mira con desdén y vuelve a grabar la imagen de su benefactora en lo profundo de la retina. Come. Se hecha a un costado y devora el pequeño pedazo de comida. La mujer lo mira frunciendo el ceño; por su parte la bestia mastica en forma muy ruidosa. Cuando ve que termina la primera porción reitera la ceremonia inclinándose en dirección del animal y acercándole otro poco de alimento. El perro gruñe. Huele lo que se le ofrece y procede a quitarlo de la palma dando un lengüetazo rápido. Mastica con fuerza, desesperación… y resignación.
La escena evoluciona envileciéndose al máximo. Un último banquete. Silencioso. Traga el bocado final e intenta erguirse sobre sus patas traseras. Imposible. Sin prisa, firme y decidida, la oficial le pisa las vértebras aplastándole el vientre contra el pavimento. En algún tiempo se hubiera resistido frente a semejante arrebato. Sin embargo, hoy sabe que es su momento para congregarse en la gloria de la eternidad. Baja el ocio poniendo la cabeza levemente de lado, al tiempo que la mujer quita el bastón de la funda. En la vereda de enfrente, dos niños que van al colegio tomados de la mano junto a la madre, leen en voz baja el testamento de la bestia. Los tres dan el veredicto. La oficial sonríe, tal cual siempre lo hace; gesticula un poco usando sus cejas y otro poco forzando la extensión natural de sus labios. Muy dentro subiste el anhelo de que a la hora de enfrentarse a esta situación su reacción fuera normal, sin florituras ni imposturas innecesarias. Desearía lograr un comportamiento semejante a aquel que le indica su religión dominical. No es así. No puede serlo; al menos no hoy. El clero de los martes es un poco distinto al de los domingos, y así también lo es su liturgia. Otra droga, la mejor que conoce. Entonces se prepara guionando todo el proceso de ejecución. A lo largo de la otra vereda los transeúntes van deteniéndose de a poco en derredor de ambos participantes. Una madre, sus hijos, los salmos adecuados, el canto de los pájaros y el sacerdote mago recitando para que los símbolos florezcan bajo la corteja reseca… también la lluvia que inunda las ranuras de las baldosas sueltas hace un aporte obligatorio.
Primero dos bastonazos en las piernas traseras. Un tercero, sólo de morbo. En las inmediaciones los asistentes sonrìen. De a poco la bestia sangra por los orificios de la nariz y el costado de la boca. Un camión que transporta mercadería se detiene en medio de la calzada. Comienza a llover un poco más fuerte. Las gotas ya no son testigos del rocío matinal; ahora son cuanto menos fuertes auspicios de una tempestad que se aproxima. Nadie quiere moverse un milímetro. Todos en su lugar, sino no sirve; la más leve variante implica que no progrese el acto, ni la simulación. Por cuarta ocasión, el bastón restalla contra la carne, esta vez a la altura de las costillas. El animal tose y escupe un poco de saliva sanguinolenta.
Uno de los niños se acerca cruzando la calle con cierta parsimonia. Camina firme hacia la oficial de policía, recordando cada detalle del quinto y sexto golpe. Uno sobre la cabeza, otro sobre la cadera. Ni bien llega acaricia la frente del perro y le limpia las fauces de los pequeños coágulos que se forman entre los dientes del animal. Cualquiera pensaría que la obvia reacción sería un tarascón directo a la mano. No, no hoy. Esta jornada es de fiesta y magia. La temperatura desciende templada por el frenesí de los acontecimientos. Esperan, sueñan. Alguien sale al balcón pidiendo que no exista misericordia. En la impaciencia el segundo niño busca su lugar dentro del acontecimiento. Preparada para propinar el séptimo acierto, el pequeño se interpone. La bestia gira un poco el cuello, tratando de gemir en reconocimiento de su mesías. Ella guarda el bastón dentro de su cinturón. Desde la vereda opuesta su madre llora entrelazando carcajadas y lágrimas de histeria. La oficial sabe que este comportamiento no corresponde a su persona.
“Lo siento. Es tal cual debe ser. No quiero exculparme, pero tampoco engañarte diciendo que fue obra de la locura. Somos lo que somos. Ni mucho más, ni un poco menos. Tal vez, en otro tiempo, en otro universo, la cosa sería distinta y entonces mi cuerpo estaría ahí tirado mientras vos y tus amigos me devoran de a poco. No hay mucho más para decir. Él es el que decide.”
El segundo niño acaricia las costillas quebradas, apoyando la palma sobre el pelaje mancillado. Al llegar al punto donde los huesos se separan presiona un poco. Cercano al amanecer, el animal tose esputando baba carmesí. Ninguno tiene prisa. Así es el ritual.
Allí nota lo pesado del revolver. Usa ambas manos y apunta directo a la cabeza. “inhala, tranquilo, todavía tenemos tiempo. Ahora apretá el gatillo. Sí obvio, tu mamá está más que orgullosa.”
Sale el sol al final del cuadro. La lluvia cede un poco, pero aún continúa cayendo. Primero el dedo, la bala, y el charco. Luego nosotros empezamos a devorar lo que queda desparramado a lo largo de las baldosas. Todos sonríen.
Chaucines.


lunes, enero 26, 2015

plantillas agotadas.

Abro los ojos descifrando la geometría del techo. Planos sobre planos van apiñándose procurando dar forma al círculo del millón de lados. Sé que la figura en sí es imposible, y que sólo una vez en toda la historia hubo un intento serio de llevarla a cabo; sin embargo, mi mente la dibuja una y otra vez girando a través del espacio como un sol feble en busca de una galaxia. Deliro, rezo, hablo con los planos intentando convencerlos de que se aliñen para que la geometría finalmente se pervierta. Nada. El silencio, la lujuria y la oscuridad toman su lugar junto a la cama. Trazo el signo de la intriga en las sombras, usando la sangre no coagulada que queda en mi dedo. Respiro. Las losas se mueven más allá de toda comprensión posible. Vacío, blanco, gastado. Intento dormir, pero mis aspiraciones caen en saco roto. Estoy cansado, molesto, sangrando luego de un día colmado de sacrificios y bendiciones… y aun así no consigo abandonar este plano. El calor del lugar no contribuye a la hora de conseguir la meta. A mi lado, el ventilador gira chirriando en el infinito éter de la primavera hiriente. Sus esfuerzos, vastos por cierto, consiguen paliar mi desesperación por escasos segundos. Odio esta situación. No es que mañana tenga algo muy emprender algo difícil o complejo, o que deba madrugar para dar cuenta de tal o cual tarea. Nada de eso. Sin embargo, el hecho de no poder dormir a pesar del desangramiento, realmente es algo que me provoca incomodidad. Giro, vuelvo a girar, pero el resultado es siempre el mismo; quedo boca arriba, respirando con enfado y sintiendo que la espalda arde contra el colchón. Muevo las sábanas y destapo la botella de ron que yace al final de la cama. Un trago, dos, tres. Hago buches en cada ocasión, buscando el momento de escupir el contenido. No. No es el tiempo para eso. Al final, el sabor agrio de la bebida inunda mi garganta y baja denso hacia el interior del estómago. En la sobriedad la magia no sucede. Eso lo sé desde hace ya  demasiado tiempo. Distante se escucha el rumor de los dioses del Vudú. Escancio un nuevo trago y escupo lentamente el líquido hacia algún punto de la habitación. El conjuro toma su curso. Espero.
Sin mayores opciones salgo de la cama y camino en la soledad del departamento. Son las cuatro de la mañana. Siempre es la misma escena como prólogo de los relatos. El insomnio florece mientras las esferas de color rotan bajo el hechizo de un viento pasajero. Sólo pienso en dormir, bajar los párpados y sentir que las imágenes dentro del cerebro se expanden hasta convertirse en un teatro impredecible. Nada. Silencio distorsionado, murmullos, delirios provenientes de un pájaro que ha quedado entrelazado con las hojas de los jacarandás. Presumo que buscaba refugio y jamás pensó en los hábitos carnívoros que se despiertan en los árboles una vez por siglo. Antes, en la época de las flores y las nubes, cuando el polen sagrado nutría la degradación del mundo, este tipo de actividades no eran necesarias. La corteza, divina y eterna, no estaba en urgencia de esconderse más allá de la caída del sol. Todo cambia, así como el tiempo es otro luego de cada segundo que pasa. Millones de bosques, selvas, coexistiendo en la armonía de la quietud obligatoria, disfrazan sus instintos desde que el hombre descubrió alguna forma de dar nombre a la muerte. Pero en el tiempo antes de las horas y los lenguajes, hombres, animales, viento y agua, era la comida con que aquellas forestas nutrían su insaciabilidad diaria. Hoy en cambio aguardan; silentes se dejan ver y someter sabiendo que la madera, al igual que las estrellas, sólo pueden subsistir más allá de cualquier entropía posible. Muebles, utensilios, pisos, piras, etcétera. No importa el contorno o la forma, la dureza o la obscenidad de la ceniza, siempre es igual, la floresta subsiste a pesar de todo. Un nuevo pájaro trapa entre las ramas del jacarandá apostado en la esquina. El ave trina, esconde la cabeza bajo las alas sacudiendo el torso en pequeños movimientos acompasados. Respira, gorjea, inhala y aguarda. A un tiempo parpadea lamentando no poder observar el movimiento de las mareas durante la próxima migración estacional. Los huesos tibios del animal, lentamente ceden ante la presión que ejerce el enramado. Casi ni hay sonidos, sólo algunos privilegiados tenemos el sentido tan aguzado cómo para poder escuchar lo que sucede. Ambos sonríen debido a que el ciclo continúa. Aguardan. Saben que algún día el hombre va a descubrir que puede olvidar la muerte y sus formas lingüísticas. En esa hora precisa, la sangre tiñendo incontables hojas va a derramarse con cierta felicidad sobre la creación.
Me distraigo por un segundo y vuelvo a la realidad. En el piso de arriba practican la misa ritual de los miércoles. Invocan algo, alguien o tal vez cuando. La nueva religión de la interferencia, así se dejan ver. No son agresivos, ni tampoco cordiales. Van de un lado a otro con sus rostros velados y la faz mortecina de quien no lleva piel en toda la cara. A veces me impresionan sus pasos coordinados y su andar lento. Dan la impresión de aguardar a que todas las cosas en redor se combinen de una cierta y única manera que les permita dar la próxima pisada. Sus voces monocordes repiten una y otra vez, el mismo salmo. Al principio pensé que se trataba de un rejunte de  pobres idiotas, cuyas mentes enfebrecidas repiten un infinito acto uniforme, el cual han descubierto en las enseñanzas de alguna religión más compleja que su capacidad de comprensión. Trato de no pensar en ellos; simplemente espero que mueran de una forma idéntica a la del resto, pregonando en su lecho de muerte la vergüenza a la que sólo acceden quienes jamás entendieron qué pretendían de sí mismos los dioses que adoraban. Bajo la persiana otro poco, el sonido de sus voces me despierta un dejo de asco.
La luz del  exterior apenas puede ingresar entre las rendijas de las ventanas. A lo lejos puedo escuchar el movimiento de los árboles cubiertos de hojas nuevas y telas de araña mojadas. Cierro los ojos tratando de imaginar al resto de los presentes. No son y son. Allí, detrás de las puertas que esconden las puertas entreabiertas, mis invitados aguardan en un orbe distinto. Apenas dicen palabra alguna. Todo surge y continúa envuelto en un frondoso silencio. Procuro no pensar. Su presencia me asquea y excita al mismo tiempo. Sigo con mi ruta, directo al baño. Sin encender la luz, tan siquiera ubicándome a base de tacto y memoria, dejo caer el chorro de orín al fondo del agua. Escucho más aún. Las cucarachas se derrumban y se secan arracimadas entre los barrotes y los caños de la cloaca. Huyen despavoridas frente al arribo de una nueva especie. Pero no hay donde huir, ni tampoco donde olvidarse de las formas que pergeña la oscuridad. De a poco, reptando más allá de las palabras que yacen colgadas fuera de las conexiones, la nueva especie se hace presente en este plano. Me esfuerzo en no imaginarlas, pero todo se vuelve imposible cuando el aullido de los perros da sobrada cuenta de su presencia. Alguien susurra a mi oído. No puedo entender lo que dice, y aún así siento un profundo miedo. A medida que las frases se convierten en cosas más audibles; percibo una vibración dentro de mi cerebro y la pulsión de este arribo deforma el tiempo del lugar. Duele. Su presencia es voraz y abyecta. Huelen a degradación y misterio. Son carroñeros, buitres de la carne que envuelve la osatura del miedo. De mi nariz comienzan a caer dos gotas de sangre, mientras el contenido de mi estómago puja por escapar hacia mis fauces. Me inclino un poco temblando a más no poder. Tengo pánico de observarlos, y también de no poder recordar cuales eran las características de su silueta. Duele, más y más. Entonces, levanto la vista, y el primero de mis invitados, acaso el más cruel de todos, sonríe.

Chaucines.